martes, 13 de marzo de 2007

Look at me! Parte I


Donde Ella nos cuenta quien es y como ha llegado hasta aquí. Parte I.

Pertenezco a una minoría bastante mal considerada. Soy mujer, estoy en la línea de los cuarenta, soy artista, o sea rarita, y no quiero tener hijos. En cualquier cultura ancestral del mundo por estos motivos estaría condenada a la más absoluta soledad o a una muerte cruel. Por suerte vivo en Barcelona, España, y aquí como en todos los países llamados civilizados, tenemos doble moral. Aunque todo el mundo considera que debo ser una egoísta, hedonista o apolínea, que sé yo, nadie me apedrea por la calle. Eso sí, todo el mundo se siente con el derecho o la obligación de preguntarte porque no quieres tener hijos, aunque yo siempre me temo que lo que daría miedo de verdad es saber porque la gente quiere tenerlos. Parecería el índice del libro básico de la psicología. Podríamos hacer el “Scarred for Life” de Tracy Moffat. En fin...
Soy fotógrafo, entre otras cosas. También soy joyera, más o menos. Pero lo que de verdad me hubiera gustado ser es cantante. Me hubiera encantado. Desgraciadamente soy demasiado tímida para eso.
Lo que no acaba de encajar en mí perfil es que llevo quince años viviendo con mí novio. Me fui a vivir con el a los veintidós y todavía estamos ahí, jurando que solo estaremos juntos hasta que nos apetezca. Cuando uno de los dos no quiera estar ahí, lo dejamos. Al principio de vivir juntos ni siquiera queríamos comprar un colchón para dormir. Dormíamos en una colchoneta de playa, de matrimonio, eso sí, porqué los dos teníamos claro que lo nuestro podía ser provisional, cuestión de meses, semanas quizá. Al final compramos un colchón y un sofá y un horno e incluso hicimos obras en el baño y en el comedor, pero eso fue mucho después.
He tenido algunos amantes, pocos, los justos para entender que el mundo es muy grande y que nada es eterno. Mi novio no sé, habrá tenido las suyas, supongo. No tenemos esos poco aconsejables arrebatos de sinceridad que tienen otras parejas y preferimos vivir en la ignorancia en cuanto a infidelidades y revolcones externos se refiere. Así vivimos mejor. Tenemos nuestras rutinitas, compartimos los gustos en muchas cosas e incluso algunos dicen que empezamos a parecernos, como los perros a sus dueños o, en ocasiones, los dueños a sus perros.
En fin, a pesar de lo que pueda parecer soy una gran retractora de la pareja. Creo que la pareja es un ente enfermizo, castrante y empobrecedor y la familia un concepto caduco, asfixiante y mal intencionado incluso.
Me da auténtico pánico cualquier cosa parecida a la sagrada institución de la familia, ni que sea en estos nuevos y modernos formatos de familia monoparental, tetraparental u homosexual, todo me huele a la misma chamusquina y creo que la infelicidad planea amenazante por los rincones de las casas unifamiliares, con parking e hipoteca incorporada. Huyo de eso como alma que lleva el diablo.
Bueno, supongo que cuando sea vieja y nadie venga jamás a visitarme me arrepentiré de mí audacia, pero quién sabe si llegaré a vieja, si el mundo seguirá existiendo mañana o se lo habrá llevado todo un huracán o una lluvia de meteoritos. Con los tiempos que corren pensar en el mañana me parece, como poco, desesperanzador.
El futuro me da pavor, soy de naturaleza apocalíptica y creo que si algo puede ir mal, ira mal e incluso peor. Quizá por eso el rollo de no querer tener hijos e intentar que todo parezca más o menos provisional, porqué así, si se pone jodido, como reza una canción, juramos que no hemos sido.
Llegados a este punto, ahora que ya me he presentado, se supone que tendría que pasar algo, tendría que haber alguna trama, algo para que esto tuviera algún interés y ahí esta la dificultad, porque, excepto raras excepciones, en mí vida no pasa nunca nada.
Esa es una de las partes más dolorosas de hacerse mayor, arrugas y flaccideces a parte, la de darse cuenta que la vida es esto. Algunas veces pasan cosas maravillosas y a veces cosas horribles y tristes, pero por regla general casi nunca pasa nada. Aceptar eso a mí me esta costando Dios y ayuda. Si, habéis acertado, claro, voy al psicólogo, dos veces por semana. No es que yo este tan mal, es que es su forma de trabajar. Ella cree que se trabaja mejor así, sin tregua, cogiendo el toro por los cuernos.
Llevo cuatro meses yendo al psicólogo porqué un buen día me levante de la cama y no supe que hacer con mí vida. Sencillamente no le veía el punto a todo esto. No sé si el psicólogo conseguirá que mí vida tenga sentido o que me conforme con lo que tengo. Esa es una pregunta que me hago muchas veces, pero en fin, eso será otra historia. De momento hasta aquí hemos llegado y este cuento ya os lo iré contando...

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