Donde Ella nos cuenta quien es y como ha llegado hasta aquí. Parte III.
Muchas veces me pregunto de donde me viene este temor irracional por el futuro. Me veo a mí misma en el peor de las situaciones, pobre, triste… y sola, claro! Me aterroriza pensar que mi futuro depende de mi, no tengo mucha confianza en sacarme adelante! Y si pienso que mi futuro depende de otros, entonces la cosa se pone peor.
No sé como he llegado a desarrollar este miedo al futuro tan avasallador, la verdad. No tuve una infancia especialmente difícil, al menos no más que cualquier niño. Ni enfermedades, ni abandonos, ni miseria, todo más o menos normal, todo lo normal que puede ser una familia, claro. Porque esto de la familia es normal por costumbre, por repetición, porque poner a cuatro, cinco, seis personas de edades diferentes, en un espacio más o menos reducido y esperar a que se lleven bien entre ellas, es, como mínimo, un experimento macabro, la verdad.
Pero en fin, hay que reconocer que la familia ha dado mucho de sí. A creado grandes monstruos, muchos traumas e infinitas teorías. Que sería del arte sin la familia.
A mi me interesa mucho el tema de la familia, en mis clases siempre dedico una o dos sesiones a este tema. Hay un montón de fotógrafos que trabajan el concepto de familia a través de sus imágenes. Sus carencias, sus traumas, sus miedos, sus soledades, sus virtudes… de estos últimos hay pocos, la verdad.
En la familia hay algo de antinatural, aunque hay que reconocer que acompaña. Uno pierde tanto tiempo acostumbrándose a ella, sobreviviéndola, que se distrae de otras cosas que, quién sabe, podrían ser peor. Es como en el anuncio de Coca-Cola Light, “Que levante la mano quién renegó de su madre y acabó pareciéndose a ella”. Hacerse mayor implica cierto grado de reconciliación con el mundo. Uno se hace más tolerante, menos exigente, no digo más sabio porqué eso es, en general y salvo contadas excepciones, una absoluta falsedad, si en cambio se hace más conformista, menos trasgresor. Quizás es renuncia, quizás es miedo, quizás es simplemente cansancio. Porque hay un día en que realmente estas a punto de tirar la toalla. Es absolutamente imposible vivir en perpetuo entusiasmo o en perpetua lucha. Es mejor recibir a los hombres silenciosamente y abrazarlos, porqué no hay respuesta que darles mientras sigan corriendo frenéticamente a doblar la esquina. Esto último no es mío, lo siento, es de Henry Miller, pero es que a veces no tienes más remedio que verlo así, literalmente. ¿Porque tú quien crees que sufre más.? ¿El que ama desesperadamente la vida o para el que la vida es…? dolorosa iba a decir, pero es que dolorosa lo es para todos, para los que la aman y para los que la detestan. Porqué amar la vida es un ejercicio desesperante que te hace sentir impotente la mayor parte del tiempo. Amar la vida, algo tan inmenso, tan intangible, tan poderoso, tan increíblemente inescrutable e inabarcable, te hace vivir permanentemente con el síndrome de Stendhal, tienes que salir corriendo de ahí porqué te provoca nauseas, te mareas, simplemente.
Es imposible coger a la vida por los cuernos. Ella es infinitamente más poderosa que tú y no hay nada que hacer con eso. O eres ciego o vives en estado permanente de congoja.
A veces pienso que después de tantos años de vivir en este mundo, de mirar a la gente, de observar las cosas, algo se tiene que quedar, algo se tiene que aprender. Y algo se aprende, desde luego, pero poco.
La mayoría de nosotros somos tan burros de mayores como cuando éramos niños, con la diferencia de que cuando eres niño lo tienes todo por aprender y en cambio cuando eres mayor tienes que resignarte a ser un tocho. Aceptar que eso es lo que hay, que si no lo has cambiado hasta aquí, ya no lo vas a cambiar, míratelo como quieras! Y claro, esto desanima.
Cuando eres niño crees que podrás ser lo que quieras, que para eso está lo de hacerse mayor. De niño el futuro se ve como algo casi mágico donde uno aparece, de la noche a la mañana, siendo lo que siempre soñó ser. De mayor ves el futuro como un jodido monstruo de las galletas que se está comiendo lo poco que quedaba del pastel. Y se te acaba el tiempo y se te escurre el tiempo y parece que los sueños se van a quedar en eso, en sueños.
A veces me miro a mis alumnos y me dan envidia porqué todavía creen que van a ser lo que tenían pensado, pero a veces me dan pena, los pobres, porqué la mayoría de ellos van a tener que dar muchos rodeos para acercarse ni siquiera un poco a la imagen de lo que querían ser de mayores. Si tuviera una formula para poder echarles una mano, para ahorrarles tantos sin sabores, pero no, claro. Es que lo de vivir, en el mejor de los casos, es eso. Y perderse eso también sería perderse un poco de vida, no?
Bueno, me está saliendo una columna muy pesimista y yo, os lo aseguro, suelo ser una persona de lo más alegre y dicharachera, y si sigo por este camino voy a empezar a preocupar a mi madre que se pone mala, la pobre, con este rollo mío tan cenizo. Y es que mi madre es puritita vitalidad y cuando llego a casa así, tan alicaída, y le cuento mis visiones apocalípticas me dice, “esto se te pasa a ti con una buena zurra, que ya me lo decía mi madre”. Pues eso! Que uno no tiene que sobrevivir a su madre, sino a su madre, a su abuela, a su bisabuela y así hasta el final de los tiempos. Súmale a eso la rama masculina de la familia y, ¿que tienes? Pues con un seis y un cuatro aquí tienes tu retrato. Y seis y cuatro son diez y uno más cero es uno. O sea, uno mismo.
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